lunes, 29 de mayo de 2017

¡Una nueva música ha nacido!











Tenía apenas diez años de edad cuando entró en casa un vinilo cuya carpeta estaba inundada por miles de colores. Los tonos psicodélicos confluían en una deliciosa portada que se presentaba como un inmenso y caleidoscópico collage que escondía un misterio a explorar. Decenas de personajes desconocidos por aquel niño mostraban, cada uno de ellos, una historia, una emoción inconfesable. Era el verano de 1984, y en donde pasábamos las vacaciones no había tocadiscos, por lo que tuvimos que aguardar al final del periodo estival para poder oírlo. Por aquella época sólo conocía el doble álbum «20 éxitos de oro de los Beatles», y aún puedo ver en mi mente cómo la aguja siempre saltaba juguetona cuando sonaba el solo de guitarra cadencioso que George hacía en «Something», una de mis canciones favoritas. Los días calurosos de agosto fueron pasando velozmente y por fin llegó septiembre. Nunca deseé que las vacaciones terminaran con tanta rapidez aunque aquel hubiera sido el verano de las Olimpiadas de Los Ángeles, de las que tan grato recuerdo conservo aún, sobre todo por las gestas que protagonizó el Hijo del Viento. Ya de regreso a Sevilla, mis hermanos y yo fuimos al salón y abrimos la carpeta desplegable de fondo amarillo con esa inmensa foto de los fab four vestidos con trajes militares de tonalidades chillonas. Al poner el vinilo en el tocadiscos comenzaron a sonar voces, ritmos atmosféricos y una desgarradora guitarra que hirió lo más hondo de mis sentidos. A partir de ahí comenzó un viaje sin retorno, un destierro permanente de la que, hasta ese momento, había sido mi Ítaca particular. Supe que desde aquel día nada volvería a ser igual, y entonces comprendí mejor aquella frase lapidaria que un tío mío pronunciara con tanta emoción en los albores de los sesenta cuando oyó por primera vez en la radio a aquellos prestidigitadores del rock: «¡Una nueva música ha nacido!». Aquella masa de sonidos fue desbordando mis sentidos, desde el bajo melódico de Paul hasta la voz gangosa de John, pasando por los aires hindúes de George o los esfuerzos de Ringo por llegar al tono adecuado de la canción. La historia poética de aquella muchacha que abandonaba su casa me conmovió, e igualmente soñé con ese vals mágico que bailaba el caballo Henry. Toda la emoción se concentró justo al final del disco, cuando aquel torbellino de sonidos orquestales ascendentes eclosionó en ese orgasmo musical que John diseñó como un perfecto colofón para ese día en la vida. Desde la nostalgia de aquel niño que fui, aún veo girar ese viejo vinilo de forma pausada, impenitente, marcando los segundos, las horas y los días como un reloj de arena que se va deshaciendo en la nostalgia del tiempo. Ojalá pudiera atrapar de nuevo aquella primigenia emoción, ese momento que ya nunca más volverá y que huirá como un haz de luces psicodélicas proyectado en la pantalla de la inocencia.  

viernes, 26 de mayo de 2017

«Percibo azul», una hermosa novela de segundas oportunidades

Hace tiempo que le debía la lectura de esta novela a Fernando Ángel Lumbreras. Llevo tantos meses atareado entre el trabajo, mis escritos, etc. que le prometí al autor leérmela cuando hallara un momento de tranquilidad, y por fin lo he podido encontrar. Porque esta novela que voy a reseñar merece saborearse lentamente, como los buenos vinos.

«Percibo azul» es una historia que forma parte de la llamada «trilogía azul», que Lumbreras ha publicado durante estos años en la editorial Alfar. En el caso de esta última, debo decir que me ha sorprendido el relato intimista de tres personajes ―Salvador, doña Manolita y Juan― que van haciendo avanzar una historia en la que se mezcla el presente con distintos episodios del pasado, algunos de ellos muy dramáticos. La parte central de la narración la protagonizan don Salvador, un hombre de unos cincuenta años de edad atormentado por sucesos pretéritos, y su asistenta del hogar, doña Manolita, una mujer de unos sesenta y tantos años que es el contraste perfecto para este personaje. A mi entender Salvador podría ser el trasunto de Don Quijote, ya que es mucho más serio, reflexivo y melancólico, llegando a veces a lo filosófico, mientras que doña Manolita se muestra como una especie de Sancho Panza, pues simboliza ese saber analfabeto del pueblo que encuentra la mayor escuela en la vida y que hace continuo uso del refranero para apoyar con más consistencia sus argumentos.
Por prescripción médica, Salvador, un escritor que vive sus horas más bajas, va contándole a Manolita distintas etapas de su pasado, desde la inocencia del primer amor hasta los años de libertad sexual en París, pasando por el periodo vivido durante la Movida madrileña. En ese sentido, Cáceres simboliza para Salvador como una especie de vuelta a sus raíces, a todo aquello que él ama: sus padres, sus hermanos, aquellos recuerdos más queridos de su infancia. Es decir, la pureza más primigenia frente al dudoso exotismo de ciudades más atractivas en apariencia, como París. Quizás el personaje de Juan, un jardinero que trabaja para don Salvador, quede un poco desdibujado, pero es que tanto Salvador como doña Manolita tienen mucho carisma. También me gustaría resaltar el tono teatral de la historia por la abundancia de diálogos. No sería descabellado ver esta historia representada sobre unas tablas.
La novela está escrita en un delicioso y sobrio lenguaje, destacando el empleo de términos como «tontino» o «solino», tan usados por las latitudes extremeñas. Nada sobra ni falta en esta novela. Además, destacaría también el sabio empleo de la poesía en varias partes fundamentales de la historia. Mediante el recurso de la lírica, el nexo de unión entre Salvador y su asistenta es mucho más grande aún si cabe, pues los versos remiten a la esencia más auténtica del escritor que sufre por dramáticos acontecimientos vividos en el pasado. Además, el verso es una forma de reflexionar sobre la banalidad de la sociedad actual, el materialismo, etc. 
Igualmente, es de subrayar la excelente edición que ha realizado Alfar, pues desde la cubierta a las páginas interiores, todo adquiere una deliciosa tonalidad azulada, el color que mejor exalta la pureza del alma.
En definitiva, una historia llena de momentos emocionantes, tiernos y, a veces, incluso situaciones cargadas de un humor sutilísimo. Una novela donde la redención y las segundas oportunidades que da la vida son motivo suficiente para pensar que todo tiene un porqué en nuestra existencia y que debemos aprender de aquellos posibles errores que cometimos para impulsarnos con fuerza hacia el futuro.
Quisiera terminar la reseña con los emotivos versos finales que simbolizan muy bien la esencia de la novela:

«Percibo azul ese mundo que deseo,
aunque acechen tinieblas en abundancia.
Viviendo preso de hipócrita ignorancia,
prefiere el ser humano mantenerse ciego.

Seguimos sin “desfacer” los entuertos
que la Historia repite con virulencia,
ni superamos la estupidez más necia
para lograr caminar caminos nuevos.

Percibo todo azul porque abrigo una esperanza.
Señales hay pues algo lentamente cambia
y, siendo pocas, se mueven benditas almas
buscando una vida diferente, más sabia.

Quizás debamos mirar hacia el mañana
con fe para conseguir la ansiada gloria
de vencer al odio común por cruel batalla,
cada uno a su frente, en pos de esa victoria.


Percibo azul ese mundo que deseo…» 






«Percibo Azul»
Alfar Ediciones
Sevilla, 2016
130 Páginas



lunes, 17 de abril de 2017

«Dickensian», una exquisita serie no sólo para los dickensianos más acérrimos







Foto promocional de la serie
El pasado 6 de enero, los Reyes Magos dejaron en mi casa, en un pack de DVD, una serie de televisión de la BBC que es extraordinaria. Estoy hablando de «Dickensian». En Reino Unido se emitió desde finales de 2015 a principios de 2016, a lo largo de veinte capítulos, y que yo sepa, de momento aquí en España ningún canal de televisión ha apostado por ésta, por desgracia. Y digo por desgracia porque es una de esas series que no te dejan indiferente una vez que has podido disfrutar de todos sus episodios. Incluso el final te hace reflexionar mucho.
Pero vayamos por partes. «Dickensian» emplea el mismo recurso que ya han utilizado otras ficciones televisivas anteriormente como «Érase una vez». Me refiero al empleo de un abanico de personajes basados en distintas obras literarias de Charles Dickens. De este modo, conviven dentro de un mismo espacio escénico Fagin, Bill Sikes, Nancy, Mr. y Mrs. Bumble, de «Oliver Twist»; Ebenezer Scrooge, Jacob Marley y toda la familia Cratchit, de «Canción de Navidad»; Emilia y Arthur Havisham, Merywether Compeyson y Mr. Jaggers, de «Grandes esperanzas»; la pequeña Nelle, de «La tienda de antigüedades», y Frances, Honoria y Edward Barbary y el inspector Bucket, de «Casa desolada», entre otros. Pero lejos de parecer una simple mezcla o batiburrillo dickensiano, se ve que los guionistas son unos acérrimos seguidores de toda la obra del escritor inglés, de modo que van trenzando las diferentes tramas de las novelas de un modo muy ingenioso. Hay, de hecho, personajes, como Mrs. Havisham u Honoria Barbary, que mantienen una gran amistad, pese a pertenecer a dos novelas distintas ("Grandes esperanzas" y "Casa desolada").
Mrs. Havisham junto a Merywether Compeyson
La historia de «Dickensian» se desarrolla entre finales de 1836 y principios de 1837. Ese dato se deduce porque en los dos primeros capítulos sale Jacob Marley, odioso personaje que es asesinado en la Nochebuena de 1836. A este respecto, si seguimos las indicaciones que hizo el autor en «Canción de Navidad», obra que fue publicada en 1843, el espectro de Marley se le apareció a Scrooge en la Nochebuena de ese último año, justo siete después de su muerte. A partir de aquí se desarrolla una trama policíaca, ya que el inspector Bucket comenzará a realizar una investigación ardua sobre el posible autor del asesinato. Nadie se librará de sus pesquisas, ni siquiera el cándido Bob Cratchit.
Hay que decir que el reparto de «Dickensian» está integrado por una pléyade de jóvenes actores británicos que comparten cartel con otros más veteranos. Todos están magistrales en sus papeles y sería injusto destacar a unos por encima de otros, pero si me quedo con uno en especial, éste sería Stephen Rea, que interpreta de manera soberbia al inspector Bucket. Respecto a esto, diré que ese detective, que es una especie de precedente victoriano de mi admirado Sherlock Holmes, va evolucionando conforme se desarrolla la historia, actuando de una forma sorprendente al final de la misma. Creo que la resolución del caso del asesinato es uno de los grandes aciertos de la serie.
También destacaría de «Dickensian» su exquisita ambientación, tanto en el vestuario como en los decorados, ya que sobresale un Londres lúgubre y asfixiante. Era la gran capital de la Revolución Industrial, la urbe más desarrollada y moderna de todo el mundo en aquella época, pero también una ciudad donde había muchas desigualdades sociales y los niños eran explotados en el terreno laboral.
Extraordinaria es también la banda sonora de Debbie Wiseman, desde el tema introductorio, que emplea un instrumento tan extraño como el hammered dulcimer, hasta los cortes de piano, que son muy intimistas y recrean atmósferas románticas y melancólicas.
Además, al adquirirse a través de Amazon, la serie se puede disfrutar en inglés con subtítulos en inglés, para practicar mucho mejor el idioma. No viene en español, pero merece la pena disfrutar de los acentos originales de los actores.
En definitiva, que es necesario ver esta serie por numerosos motivos. A los amantes de Charles Dickens les ayudará a conocer la trastienda de muchas de las historias que éste cuenta a través de sus novelas, y a los profanos en el universo literario del escritor inglés les estimulará para zambullirse en sus obras.



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domingo, 19 de marzo de 2017

"Spirit", un digno regreso para Depeche Mode

Cuando en el año 1993 oí el disco de “Songs of Faith and Devotion”, me enganché para siempre a uno de los grupos más clásicos del synthpop de los ochenta como es Depeche Mode. Me encantó esa voz de barítono tan seductora y, al mismo tiempo, desgarradora de Dave Gahan, unida a unas texturas instrumentales y sonoras llenas de oscuridad propiciadas por la excelente producción de Flood, más lo añadido en los teclados por el añorado Alan Wilder, que se marchó de la banda dos años después. Ahora, los de Basildon publican su decimocuarto disco de estudio, “Spirit”, el sexto desde que adoptaron el formato de trío, en 1997. La repercusión en los medios y entre el público ha sido muy variopinta, desde las críticas más entusiastas hasta los comentarios que dan por muertos a los británicos. En mi caso, y una vez que he podido escuchar el disco ya muchas veces, me parece que se trata de un estupendo trabajo, sobre todo porque el grupo ha sabido progresar en su sonido electrónico gracias a una magistral producción de James Ford, hacedor de otros músicos de gran calado, tales como Artic Monkeys

jueves, 12 de enero de 2017

¿Cree usted en los fantasmas?


Desde tiempos remotos, el ser humano ha sentido una fascinación especial por los fantasmas. En el terreno artístico, han sido muchos los que, de alguna forma u otra, han plasmado esta gran atracción en obras maestras de la literatura, el cine, la televisión o la radio. Pero, antes que nada, habría que hacer una distinción entre los términos fantasma y espectro, algo que por lo general suele llevar a confusión. El primero es capaz de interactuar con las personas a las que se manifiesta, mientras que los espectros son como una especie de hologramas que repiten, una y otra vez, una misma acción de forma cíclica, sin que le altere la presencia de un hipotético testigo.
Ya en la antigua Grecia, es muy conocido el suceso que le ocurrió al filósofo Atenodoro, que compró una casa en Atenas a un precio demasiado barato para la zona en la que se encontraba. Una noche, mientras escribía a altas horas de la madrugada, se le apareció un fantasma que lo condujo hasta un patio y desapareció. Al día siguiente, el sabio ordenó que se cavara en el mismo lugar en donde el espectro le había señalado, y se halló el esqueleto de un hombre anciano. Después de darle sepultura, los sucesos paranormales desaparecieron. Con el paso de los siglos, muchos han hecho referencia a este caso, como Jean Potocki, autor de «Manuscrito hallado en Zaragoza», una de las obras capitales de la literatura gótica.
Entre los autores que mejor han plasmado el mundo de los aparecidos, destacan escritores como Daniel Defoe, que, además de su célebre «Robinson Crusoe», también dejó algunas breves historias fantasmagóricas, como «La aparición de Mrs. Veal». Por su parte, Horace Walpole, en su «Castillo de Otranto», también trató la temática espectral, además de inaugurar la moda de la literatura gótica, tan en boga en Europa durante los siglos XVIII y XIX. Otro gran maestro en el terreno gótico, E.T.A. Hoffmann, plasmó el fenómeno de la fantasmogénesis en varios relatos, tales como «Historias de fantasmas» o «La puerta tapiada». Este es el mismo caso que el de uno de sus «discípulos», Edgar Allan Poe, que será recordado por cuentos como «Eleonora» o «El retrato oval».
De entro todos los autores que más se dejaron fascinar por esta temática, no podemos olvidar Charles Dickens, cuya literatura supo combinar a la perfección el realismo y la denuncia social, tan propias de su época, con el gusto hacia lo paranormal. «Canción de Navidad» o «El guardavías» son ejemplos magistrales de ese gusto del escritor británico por todo lo relacionado con los aparecidos. Otros muchos escritores de la época victoriana también supieron plasmar el horror que rodea a los espectros. Ese el caso de Bulwer Lytton, Sheridan Le Fanu, Rudyard Kipling, Conan Doyle, Margaret Oliphant, Wilkie Collins, etc. En otro sentido contrario, y como ejemplo de sátira hacia esa imagen del fantasma victoriano que se asemeja a un ente lánguido que inspira compasión por su fatal destino, estaría la maravillosa novella «El fantasma de Canterville», de Oscar Wilde.
Entre los escritores norteamericanos, hubo auténticos maestros en la literatura de fantasmas, como Henry James, que sentó precedentes por su excepcional novella «Otra vuelta de tuerca», que ahondaba en la figura de los espectros, pero aportando un tono psicológico al relato muy desconocido hasta el momento. Otra norteamericana, Edith Wharton, brilló especialmente por sus cuentos de fantasmas. La autora de «La edad de la inocencia» tenía una sensibilidad especial y dejó pequeñas obras maestras en sus ghost stories. En Estados Unidos, asimismo, brillaron con sus relatos fantasmales Washington Irving, Nathaniel Hawthorne, Ambrose Bierce, etc. Aparte de esos clásicos, en las últimas décadas nadie puede olvidarse del gran maestro norteamericano del terror, Stephen King, recordado por una de las mejores historias de fantasmas de todos los tiempos, «El resplandor», que fue llevada al cine de manera magistral por Stanley Kubrick.
Uno de los grandes renovadores del género fue, sin lugar a dudas, M. R. James, que dejó de lado la tradición de la literatura victoriana para ofrecer una visión más moderna de los fantasmas, incidiendo en elementos psicológicos que lo alejaban de la tradición decimonónica. Igualmente, podríamos citar a escritores como Guy de Maupassant, gracias a relatos tan recordados como «El horla», una de las obras maestras de la literatura fantasmagórica.
En España, también existen algunos ejemplos de escritores que se dejaron seducir por esta temática. Tal es el caso de Gustavo Adolfo Bécquer, Emilia Pardo Bazán o Pío Baroja.
En el terreno cinematográfico, aparte de la ya citada «El resplandor», hay otros buenos ejemplos de películas que reflejan esa fascinación por el tema de los fantasmas, como «Los inocentes» -una adaptación de «Otra vuelta de tuerca»-, «Al final de la escalera», «Ghost», «El sexto sentido» o «Los otros», entre otros muchos ejemplos. «Canción de Navidad», de Dickens, ha sido igualmente adaptada numerosas veces, algunas hasta en clave de parodia, como «Los fantasmas atacan al jefe»Por otra parte, dentro de la cinematografía japonesa se han hecho brillantes incursiones en este terreno, tales como «El círculo» o «Dark water». También la televisión ha mostrado su fascinación por este tema a través de series como «Entre fantasmas».
Por último, los amantes de la radio recordarán a Juan José Plans, que realizó dos espacios en Radio Nacional de España que tuvieron mucho éxito: «Sobrenatural» e «Historias». En estos programas, un completo equipo de profesionales, dirigidos por el añorado periodista asturiano, acometió la empresa de realizar versiones dramatizadas de clásicos de la literatura de terror, destacando también la temática fantasmal como una de las principales. Son célebres sus adaptaciones de «El horla», de Maupassant, o «La puerta abierta», de Margaret Oliphant.   
En fin, que podrían ser muchos más los ejemplos, pero lo anteriormente expuesto no deja de mostrar ese reflejo que el tema de los fantasmas ha tenido a lo largo de la historia en las distintas manifestaciones artísticas. 

lunes, 19 de diciembre de 2016

La literatura navideña de Charles Dickens





En el año 1843, Charles Dickens publicaba «Canción de Navidad», una novella que cambiaría para siempre la concepción de la literatura navideña. Desde entonces, y hasta la fecha actual, han sido innumerables las adaptaciones teatrales, cinematográficas, radiofónicas, etc. que se han realizado de uno de los relatos más populares de todos los tiempos. Y es que las desventuras de Ebenezer Scrooge han atrapado a millones de personas. De hecho, sin este cuento, ¿hubiera sido posible la existencia de una película tan famosa como «Qué bello es vivir», que veremos próximamente en la Nochebuena?
Por otra parte, este año hemos tenido el placer de conocer, por primera vez en español, un libro magnífico, «Vieja Navidad», de Washington Irving, que ha rescatado El Paseo Editorial con una excelente traducción de Óscar Mariscal, y que pone de manifiesto la fuerte influencia que recibió el autor de «Oliver Twist» por parte del escritor americano. Esa idea de una Navidad sentimental, retratada a través de personas sencillas de la campiña inglesa, marcó para siempre la literatura de Dickens, quien tomó buena nota de esta magistral visión, no exenta de buen humor, que de la sociedad británica realizaba un extranjero.
Tampoco podemos pasar por alto a otro autor que era idolatrado por Dickens, E.T.A. Hoffmann, que retrató una Nochebuena diferente en su cuento «El cascanueces o el rey de los ratones». Nadie como el alemán supo captar esas atmósferas llenas de desasosiego, con elementos fantásticos y ciertos toques grotescos, algo que se vería también retratado en otros relatos suyos como «El caldero de oro» o, sobre todo, «El hombre de la arena». Todo ese bagaje tuvo reminiscencias posteriores en las historias navideñas de Charles Dickens, que, en la mayoría de los casos, creaba un fresco inquietante que buscaba una fábula moral.
Pero antes de proseguir con su rica literatura navideña, habría que buscar un claro precedente. En 1837, seis años antes de publicar «Canción de Navidad», el autor inglés publicó, dentro de su obra «Papeles póstumos del club Pickwick», un pequeño relato que tituló «La historia de los duendes que secuestraron a un enterrador». En esta historia, el huraño sepulturero Gabriel Grub es el antecesor directo de Scrooge. En ese sentido, éste también sufre un suceso fantástico mientras se halla totalmente solo en un cementerio, pero en vez de espíritus es asaltado por unos duendes o goblins. El final es mucho más sombrío y menos optimista que su posterior «versión» de 1843.
Tras el éxito de «Canción de Navidad», Dickens repitió el modelo de los «Christmas Books» y fue publicando cuatro más, desde 1844 a 1848: «Las campanas» (1844), «El grillo del hogar» (1845), «La batalla de la vida» (1846) y «El hechizado» (1848). En el primero de éstos, Trotty Veck sufre una auténtica pesadilla durante la Nochevieja y es influido por al tañido de las campanas, que le van mostrando diferentes situaciones de su vida. Por su parte, «El grillo del hogar» es un retrato doméstico con una parábola final aleccionadora, mientras que «La batalla de la vida» refleja una deliciosa escena campestre sin ningún elemento sobrenatural y con un final feliz muy dickensiano. El último de estos «Christmas Books», «El hechizado», es otra fábula, con tintes más oscuros, en la que el señor Redlaw se redimirá de su comportamiento pasado a través de un ser fantasmagórico totalmente igual a él, algo que equivale a la figura del doble o döppleganger de la tradición alemana.
A partir de 1850, Dickens fue publicando sus «Christmas short stories», una miscelánea de cuentos más breves que tienen una temática muy variada. Entre ellos, destacan algunos deliciosos, como «El árbol de Navidad», «Los siete viajeros pobres» o «El naufragio del Golden Mary», que hace un retrato magistral del ser humano en unas condiciones extremas, tras un dramático naufragio.
Por todo ello, merece la pena, durante estos días, revisar la literatura navideña de Charles Dickens que, por lo general, se suele reducir a un solo libro, «Canción de Navidad».



domingo, 20 de noviembre de 2016

Diez razones para ver "Mad men"


Después de haber tenido la oportunidad de ver la reposición, durante el último año, de la serie «Mad men» en el canal AMC, me aventuro a dar diez razones por las cuales todo el mundo debería verla, al menos una vez en la vida.

Primera. Porque hace un retrato magistral de Estados Unidos durante la década de los años sesenta. Todo está muy cuidado, desde la estética pop hasta el vestuario, pasando por los peinados, las tendencias, la moda… Durante los casi cien capítulos que la componen, el espectador estará constantemente contextualizado con aspectos políticos (asesinatos de Kennedy y Luther King…), sociales (el racismo), culturales (concierto de los Beatles en el Shea Stadium de Nueva York en 1965), etc., siendo un testigo, casi excepcional, de todos aquellos acontecimientos.

Segunda. Porque posee una banda sonora extraordinaria, comenzando con la música incidental confeccionada por David Carbonara, ya que no son composiciones que simplemente adornan la trama, sino que acentúan el dramatismo de determinados pasajes. Carbonara pasa del jazz al pop con un estilo muy elegante, alternando eso con pasajes sinfónicos muy emotivos y con tintes melancólicos. Aparte de esta música especialmente creada para la serie, cada capítulo suele terminar con una canción propia de aquella «década prodigiosa». No faltan temas de Elvis Presley; Bob Dylan; Peter, Paul and Mary; Sonny Bono and Chair; The Kinks; The Rolling Stones, etc. Especialmente, y como beatlemano que soy, destacaría el empleo de la canción «Tomorrow never Knows», del disco «Revolver», de los Beatles. El productor de la serie, Matthew Weiner, tuvo que pagar una millonada para reproducir un fragmento de la misma.

Tercera. Porque la serie refleja espléndidamente la cultura y la contracultura norteamericana de la época. Los personajes, de hecho, van evolucionando desde un tradicionalismo americano heredado de décadas anteriores hasta una época de cambios frenéticos. Son los años de Bob Dylan, los Beatles, los Rolling..., pero también de la Velvet Udergound, la herencia de la Generación Beat, las drogas, el movimiento hippie, etc. Todo eso tiene cabida en el universo de esta ficción.

Cuarta. Porque «Mad men» es un retrato del trabajo de los publicistas que trabajaban en la Madison Avenue de Nueva York en los sesenta. En ese sentido, la serie ahonda en todas las pasiones humanas, imperando las ambiciones personales, los deseos por triunfar aun a costa de los demás, las envidias, el sexo clandestino, etc. A lo largo de los capítulos, se retrata fielmente el talento de aquellos equipos de creativos que, en muchos aspectos, fueron unos auténticos pioneros de los anuncios publicitarios, tanto en prensa como en radio y televisión.

Quinta. Porque la serie no está exenta de ciertos elementos fantásticos que, por lo general, acentúan algunos aspectos del pasado de su protagonista, Don Draper. Se trata de una especie de realismo mágico que durante las siete temporadas aparece como elemento recurrente. Es otro recurso excelentemente usado para ahondar en tramas que parecían estar olvidadas, pero que vuelven a salir a la superficie después de muchos años.

Sexta. Porque detrás de ella está el productor, guionista y director Matthew Weiner, autor de la que, por lo general, es considerada la mejor serie de todos los tiempos, «Los soprano». Weiner ha creado un universo de personajes y tramas extraordinariamente complejo, pero a la vez asequible para cualquier espectador que quiera adentrarse en «Mad men». Su maestría a la hora de retratar esa América de los años sesenta es para quitarse el sombrero, logrando muchos episodios que ya serán recordados dentro de la historia de la televisión.

Séptima. Porque los guiones de la serie están perfectamente trazados. De nuevo hay que resaltar la labor de Weiner al crear a un conjunto de personajes sumamente complejos, llenos casi todos ellos de luces y sombras insalvables. Y de entre esta galería de caracteres, cabe destacar el de Don Draper, un personaje atormentado por los fantasmas de su pasado, que le asediarán durante las siete temporadas. Nada de lo que hace Draper –un ejecutivo triunfador en el mundo de la publicidad– deja de tener relación con lo que fue su vida anterior. Es como si se mezclaran en éste influencias de Jekyll y Hyde o de Mr. Ripley.

Octava. Porque la serie cuenta con un conjunto de actores extraordinarios que dan vida a sus personajes con una maestría fuera de lo común. Desde la ambición que muestra en todo momento Vincent Kartheiser, en su papel de Pete Campbell, a la mordacidad de John M. Slattery, a la hora de retratar a Roger Sterling, pasando por el refinamiento absoluto y la clase de Christina Hendricks, interpretando su rol de Joan Holloway. De entre todos ellos, es justo resaltar a John Hamm dando vida a Donald Draper, porque su actuación se ajusta como un traje a medida a la vida de ese personaje torturado y lleno de complejidades. No es de extrañar que recibiera numerosos premios.

Novena. Porque «Mad men» encarna ese genuino American way of life. Las tramas siempre están llenas de situaciones glamourosas (los personajes no paran de beber y fumar en un contexto de lujo). Pero todo tiene un precio, pues en esa sociedad americana heredera del puritanismo también tienen cabida las infidelidades conyugales, los excesos con las drogas, etc. En ese sentido, Don Draper se acostará con muchas mujeres por esa insatisfacción existencial que sufre el personaje y por ese deseo constante de dominar al sexo femenino. A este respecto, la serie ha recibido críticas por mostrar un retrato demasiado machista de aquella época, pero en los años sesenta aún había, por desgracia, muchas más diferencias laborales que ahora entre el hombre y la mujer.

Décima. Porque es una serie que deja una huella profunda en quien la contempla; un poso que te hace reflexionar cada vez que concluye uno de sus episodios. El espectador se queda forzosamente conmovido por las situaciones que viven determinados personajes. En el capítulo final, Matthew Weiner ha sabido rematar con gran acierto todas las tramas que estaban abiertas. Además, uno es testigo de la evolución definitiva de Don Draper y piensa que no podía actuar de otra manera. Es como una especie de huida hacia delante. En definitiva, para las personas que aún no hayan tenido la oportunidad de ver «Mad men», les aconsejaría encarecidamente que se dejen seducir por esta galería de maravillosos personajes y tramas deliciosas. No se arrepentirán.