lunes, 19 de diciembre de 2016

La literatura navideña de Charles Dickens





En el año 1843, Charles Dickens publicaba «Canción de Navidad», una novella que cambiaría para siempre la concepción de la literatura navideña. Desde entonces, y hasta la fecha actual, han sido innumerables las adaptaciones teatrales, cinematográficas, radiofónicas, etc. que se han realizado de uno de los relatos más populares de todos los tiempos. Y es que las desventuras de Ebenezer Scrooge han atrapado a millones de personas. De hecho, sin este cuento, ¿hubiera sido posible la existencia de una película tan famosa como «Qué bello es vivir», que veremos próximamente en la Nochebuena?
Por otra parte, este año hemos tenido el placer de conocer, por primera vez en español, un libro magnífico, «Vieja Navidad», de Washington Irving, que ha rescatado El Paseo Editorial con una excelente traducción de Óscar Mariscal, y que pone de manifiesto la fuerte influencia que recibió el autor de «Oliver Twist» por parte del escritor americano. Esa idea de una Navidad sentimental, retratada a través de personas sencillas de la campiña inglesa, marcó para siempre la literatura de Dickens, quien tomó buena nota de esta magistral visión, no exenta de buen humor, que de la sociedad británica realizaba un extranjero.
Tampoco podemos pasar por alto a otro autor que era idolatrado por Dickens, E.T.A. Hoffmann, que retrató una Nochebuena diferente en su cuento «El cascanueces o el rey de los ratones». Nadie como el alemán supo captar esas atmósferas llenas de desasosiego, con elementos fantásticos y ciertos toques grotescos, algo que se vería también retratado en otros relatos suyos como «El caldero de oro» o, sobre todo, «El hombre de la arena». Todo ese bagaje tuvo reminiscencias posteriores en las historias navideñas de Charles Dickens, que, en la mayoría de los casos, creaba un fresco inquietante que buscaba una fábula moral.
Pero antes de proseguir con su rica literatura navideña, habría que buscar un claro precedente. En 1837, seis años antes de publicar «Canción de Navidad», el autor inglés publicó, dentro de su obra «Papeles póstumos del club Pickwick», un pequeño relato que tituló «La historia de los duendes que secuestraron a un enterrador». En esta historia, el huraño sepulturero Gabriel Grub es el antecesor directo de Scrooge. En ese sentido, éste también sufre un suceso fantástico mientras se halla totalmente solo en un cementerio, pero en vez de espíritus es asaltado por unos duendes o goblins. El final es mucho más sombrío y menos optimista que su posterior «versión» de 1843.
Tras el éxito de «Canción de Navidad», Dickens repitió el modelo de los «Christmas Books» y fue publicando cuatro más, desde 1844 a 1848: «Las campanas» (1844), «El grillo del hogar» (1845), «La batalla de la vida» (1846) y «El hechizado» (1848). En el primero de éstos, Trotty Veck sufre una auténtica pesadilla durante la Nochevieja y es influido por al tañido de las campanas, que le van mostrando diferentes situaciones de su vida. Por su parte, «El grillo del hogar» es un retrato doméstico con una parábola final aleccionadora, mientras que «La batalla de la vida» refleja una deliciosa escena campestre sin ningún elemento sobrenatural y con un final feliz muy dickensiano. El último de estos «Christmas Books», «El hechizado», es otra fábula, con tintes más oscuros, en la que el señor Redlaw se redimirá de su comportamiento pasado a través de un ser fantasmagórico totalmente igual a él, algo que equivale a la figura del doble o döppleganger de la tradición alemana.
A partir de 1850, Dickens fue publicando sus «Christmas short stories», una miscelánea de cuentos más breves que tienen una temática muy variada. Entre ellos, destacan algunos deliciosos, como «El árbol de Navidad», «Los siete viajeros pobres» o «El naufragio del Golden Mary», que hace un retrato magistral del ser humano en unas condiciones extremas, tras un dramático naufragio.
Por todo ello, merece la pena, durante estos días, revisar la literatura navideña de Charles Dickens que, por lo general, se suele reducir a un solo libro, «Canción de Navidad».



domingo, 20 de noviembre de 2016

Diez razones para ver "Mad men"


Después de haber tenido la oportunidad de ver la reposición, durante el último año, de la serie «Mad men» en el canal AMC, me aventuro a dar diez razones por las cuales todo el mundo debería verla, al menos una vez en la vida.

Primera. Porque hace un retrato magistral de Estados Unidos durante la década de los años sesenta. Todo está muy cuidado, desde la estética pop hasta el vestuario, pasando por los peinados, las tendencias, la moda… Durante los casi cien capítulos que la componen, el espectador estará constantemente contextualizado con aspectos políticos (asesinatos de Kennedy y Luther King…), sociales (el racismo), culturales (concierto de los Beatles en el Shea Stadium de Nueva York en 1965), etc., siendo un testigo, casi excepcional, de todos aquellos acontecimientos.

Segunda. Porque posee una banda sonora extraordinaria, comenzando con la música incidental confeccionada por David Carbonara, ya que no son composiciones que simplemente adornan la trama, sino que acentúan el dramatismo de determinados pasajes. Carbonara pasa del jazz al pop con un estilo muy elegante, alternando eso con pasajes sinfónicos muy emotivos y con tintes melancólicos. Aparte de esta música especialmente creada para la serie, cada capítulo suele terminar con una canción propia de aquella «década prodigiosa». No faltan temas de Elvis Presley; Bob Dylan; Peter, Paul and Mary; Sonny Bono and Chair; The Kinks; The Rolling Stones, etc. Especialmente, y como beatlemano que soy, destacaría el empleo de la canción «Tomorrow never Knows», del disco «Revolver», de los Beatles. El productor de la serie, Matthew Weiner, tuvo que pagar una millonada para reproducir un fragmento de la misma.

Tercera. Porque la serie refleja espléndidamente la cultura y la contracultura norteamericana de la época. Los personajes, de hecho, van evolucionando desde un tradicionalismo americano heredado de décadas anteriores hasta una época de cambios frenéticos. Son los años de Bob Dylan, los Beatles, los Rolling..., pero también de la Velvet Udergound, la herencia de la Generación Beat, las drogas, el movimiento hippie, etc. Todo eso tiene cabida en el universo de esta ficción.

Cuarta. Porque «Mad men» es un retrato del trabajo de los publicistas que trabajaban en la Madison Avenue de Nueva York en los sesenta. En ese sentido, la serie ahonda en todas las pasiones humanas, imperando las ambiciones personales, los deseos por triunfar aun a costa de los demás, las envidias, el sexo clandestino, etc. A lo largo de los capítulos, se retrata fielmente el talento de aquellos equipos de creativos que, en muchos aspectos, fueron unos auténticos pioneros de los anuncios publicitarios, tanto en prensa como en radio y televisión.

Quinta. Porque la serie no está exenta de ciertos elementos fantásticos que, por lo general, acentúan algunos aspectos del pasado de su protagonista, Don Draper. Se trata de una especie de realismo mágico que durante las siete temporadas aparece como elemento recurrente. Es otro recurso excelentemente usado para ahondar en tramas que parecían estar olvidadas, pero que vuelven a salir a la superficie después de muchos años.

Sexta. Porque detrás de ella está el productor, guionista y director Matthew Weiner, autor de la que, por lo general, es considerada la mejor serie de todos los tiempos, «Los soprano». Weiner ha creado un universo de personajes y tramas extraordinariamente complejo, pero a la vez asequible para cualquier espectador que quiera adentrarse en «Mad men». Su maestría a la hora de retratar esa América de los años sesenta es para quitarse el sombrero, logrando muchos episodios que ya serán recordados dentro de la historia de la televisión.

Séptima. Porque los guiones de la serie están perfectamente trazados. De nuevo hay que resaltar la labor de Weiner al crear a un conjunto de personajes sumamente complejos, llenos casi todos ellos de luces y sombras insalvables. Y de entre esta galería de caracteres, cabe destacar el de Don Draper, un personaje atormentado por los fantasmas de su pasado, que le asediarán durante las siete temporadas. Nada de lo que hace Draper –un ejecutivo triunfador en el mundo de la publicidad– deja de tener relación con lo que fue su vida anterior. Es como si se mezclaran en éste influencias de Jekyll y Hyde o de Mr. Ripley.

Octava. Porque la serie cuenta con un conjunto de actores extraordinarios que dan vida a sus personajes con una maestría fuera de lo común. Desde la ambición que muestra en todo momento Vincent Kartheiser, en su papel de Pete Campbell, a la mordacidad de John M. Slattery, a la hora de retratar a Roger Sterling, pasando por el refinamiento absoluto y la clase de Christina Hendricks, interpretando su rol de Joan Holloway. De entre todos ellos, es justo resaltar a John Hamm dando vida a Donald Draper, porque su actuación se ajusta como un traje a medida a la vida de ese personaje torturado y lleno de complejidades. No es de extrañar que recibiera numerosos premios.

Novena. Porque «Mad men» encarna ese genuino American way of life. Las tramas siempre están llenas de situaciones glamourosas (los personajes no paran de beber y fumar en un contexto de lujo). Pero todo tiene un precio, pues en esa sociedad americana heredera del puritanismo también tienen cabida las infidelidades conyugales, los excesos con las drogas, etc. En ese sentido, Don Draper se acostará con muchas mujeres por esa insatisfacción existencial que sufre el personaje y por ese deseo constante de dominar al sexo femenino. A este respecto, la serie ha recibido críticas por mostrar un retrato demasiado machista de aquella época, pero en los años sesenta aún había, por desgracia, muchas más diferencias laborales que ahora entre el hombre y la mujer.

Décima. Porque es una serie que deja una huella profunda en quien la contempla; un poso que te hace reflexionar cada vez que concluye uno de sus episodios. El espectador se queda forzosamente conmovido por las situaciones que viven determinados personajes. En el capítulo final, Matthew Weiner ha sabido rematar con gran acierto todas las tramas que estaban abiertas. Además, uno es testigo de la evolución definitiva de Don Draper y piensa que no podía actuar de otra manera. Es como una especie de huida hacia delante. En definitiva, para las personas que aún no hayan tenido la oportunidad de ver «Mad men», les aconsejaría encarecidamente que se dejen seducir por esta galería de maravillosos personajes y tramas deliciosas. No se arrepentirán.

miércoles, 9 de noviembre de 2016

América vista a través de tres grandes novelas



América vista a través de tres grandes novelas


Inicio la andadura por este blog que acabo de crear con tres libros que he leído recientemente y que muestran una imagen demoledora de la América más profunda. Son novelas muy distintas entre sí, pero sumamente interesantes para comprender cómo ha evolucionado Estados Unidos en el siglo XX.
Comenzaré por la que más me ha impactado de las tres, Las uvas de la ira, de John Steinbeck. Se trata de una visión magistral de la América de la Gran Depresión vista a través de la épica de una familia de clase obrera que debe ir hacia California para encontrar un mejor futuro. Desde la primera hasta la última línea, esta novela me ha conmocionado por su cruda visión de aquellos años treinta. Al final, nada sobra en este libro que está salpicado por una hermosa visión poética que nos acerca a tan dura realidad. Steinbeck construye magistralmente un entramado de complejos personajes que se ven movidos por el hambre y la necesidad, y que claman por el derecho a conseguir un trabajo digno (el tema está más de actualidad que nunca, desgraciadamente). De entre todos estos personajes destaca la figura de Tom Joad, uno de los grandes iconos de la literatura del siglo XX, que tan bien interpretó en su versión cinematográfica Henry Fonda. La historia retrata, además, los conflictos entre el hombre y la mecanización del trabajo o el odio hacia las personas que necesitan emigrar de sus hogares para ganarse el pan. Al leer estas páginas, pues, es imposible no acordarse de esos miles de refugiados y emigrantes que tienen que salir de sus países de origen en busca de un futuro mejor. En definitiva, una de las mejores novelas del siglo XX.  
La segunda obra que me ha llegado a lo más hondo es Matar a un ruiseñor, de Harper Lee. Pocas novelas retratan como esta el alma de la sociedad estadounidense, con todos los conflictos más patentes de la América profunda, especialmente el del racismo. El acierto de esta autora fue acercarse a un fresco muy amplio de personajes a través de la mirada inocente de Scout, la hija de Atticus Finch. Este abogado representa la integridad del ser humano, alguien que es capaz de enfrentarse a causas perdidas y que se mueve por impulsos muy nobles. En su adaptación cinematográfica, Gregory Peck realizó también una enorme interpretación, llegando a reconocer posteriormente que fue el papel de su vida. El libro, igualmente, muestra una variedad de registros que denotan la pericia narrativa de su autora. De esta forma, el lector comienza leyendo una novela más o menos costumbrista para pasar, a continuación, a ciertos pasajes de novela gótica, además de una trama judicial muy intensa. Asimismo, Matar a un ruiseñor está adornada por una visión poética deliciosa, siempre con un lenguaje sumamente contenido y emotivo. No hay nada superfluo. En definitiva, se trata de una novela que marcó a su autora para siempre, pues nunca volvió a escribir una obra tan magistral como esta. 
La última novela que me gustaría reseñar es El libro de las ilusiones, de Paul Auster. En ella, el lector queda estremecido desde el inicio ante la tragedia que vive David Zimmer, un profesor universitario al que se le acaban de morir su esposa y sus dos hijos en un accidente aéreo. Eso llevará a este personaje a aislarse totalmente, viviendo una espiral de desesperación constante. Sin embargo, un día comenzará a investigar en la biografía de Hector Mann, un olvidado actor de cine mudo. A partir de ahí, la historia ahondará en la América de los años veinte, estableciéndose un juego continuo de espejos entre las películas y la vida real de Mann. Después de leer la Trilogía de Nueva York, La música del azar y El palacio de la la luna, considero que Auster sabe también retratar de forma soberbia el alma humana con una maestría narrativa impecable.